
Un sábado en la noche me recibió Adamari, la encargada de la residencia. Ciertamente, fue muy amable y me hizo pasar a la sala, donde una señora les hablaba a todas las chicas de Japón y su gente. En eso iba a consistir mi noche de sábado. Pero bueno, pensé, si al menos el tema es agradable...
El tema era aburrido y absurdo. No sé cómo será Japón en realidad, pero doña Irma nos dijo, así como quien habla del paraíso terrenal, que allá, cuando imprimís una tarjeta de presentación, ponés primero el nombre de la empresa. ¿Qué empresa? Pues la única en la que vas a trabajar en tu vida, porque, a no ser casos excepcionales, cambiar de empresa se considera el peor de los fracasos. (Ni siquiera imagino qué pensarían los japos de mí). Y ella está antes que todo, por lo que, si te llamás Juan Pérez en versión japonesa, cuando te presentás a otro no decís: "Juan Pérez, un placer", sino que decís: "Matsushita Electric, un placer". Eso, de primero. Luego, la señora Corrales se maravilló contando que, por ahí de los 26 años, a la gente se le empieza a buscar pareja. O sea, los padres, si no lo arreglaron antes, empiezan a hablar con amigos para ver dónde consiguen una pareja adecuada para su hijo (a), la que será también la única que tendrán en la vida (qué poco divertidos estos japos). Luego, la esposa tiene dos opciones: o tiene hijos y se dedica las 24 horas del día a hacer de ellos los mejores profesionales o no los tiene y se dedica las 24 horas del día a servir a la empresa con cuyo nombre se presentará. Yo agregaría una tercera: la muy saludable opción de lanzarse de uno de esos modernos puentes que abundan allá.
Total, que al terminar la charlita nos sirveron la cena, previa oración de acción de gracias. Yo no sé si el ateísmo se me nota en la cara o si lo que vieron fue un moín medio de fuchi que hice con la nariz sin poder reprimirlo, pero las chicas no fueron amables conmigo luego de que se me escapara ese gesto al oler la sopa y mirar la servilleta que, casi, casi, yo diría que otra persona había usado antes. A duras penas terminé la cena, y, como casualmente era mi primer día de menstruar y tenía fuertes dolores de estoómago y de cabeza, las encargadas (no me da la gana llamarlas numerarias, que no, que no) me permitieron irme a dormir. Dormir es un decir, porque mis dos compañeras de cuarto, luego de mirarme de reojo, me ignoraron y hablaron "a los gritos" durante toda la noche. De nada me sirvió explicarles y rogarles e implorarles.
El domingo me sentía deprimida, muy cansada y muy sucia. Sobre todo muy sucia. La cama, un catre como los de los reformatorios, estaba húmeda como si la hubieran mojado a propósito y despedía un olor extraño. Le jalé apenas las sábanas y me fui a bañar. Ahí me di cuenta de que este asunto estaba apenas comenzando. El baño, un recinto sin ventanas, tenía como único adorno quichicientos ganchos de los que colgaban bombachas, sostenes y medias diz que ya lavados. Me abrí camino entre todos ellos y esperé mi turno para la ducha. El cura Castillo tenía razón: sólo te dan 5 minutos para bañarte y yo, menstruando y todo, no podía salir en tan poco tiempo. Sin embargo, las costras y hongos que llenaban las paredes de la ducha fueron bastante motivación para apurarme y decidir, de una vez, que yo ahí no me bañaba más.
El desayuno y el olor de la cocina fueron también suficientes para decidir no comer más ahí. Había hecho arreglos en un parqueo cercano para dejar allá el auto, por lo que seguiría bañándome y comiendo en mi casa, por complicado que fuera. De todas formas, había perdido el apetito y me costaba mucho tragar cualquier cosa. Esa tarde me fui ya no recuerdo a dónde. En la noche, mi amiga Bea llegó a la residencia para que fuéramos a comer algo con otros amigos.
Me la encontré hablando animadamente con Adamari, quien me recordó que debía llegar a las 9 (sí, leyeron bien) porque, de lo contrario, la puerta se me cerraría hasta el día siguiente.
- Por cierto, Adamari, María y su novio se estaban mojando en la entrada, pero no quisieron pasar...
-Claro, Laura, sólo falta que querás que acá entren hombres.
- Lo dice como si fuera algo malo, allá hay una salita y pueden conver....
- ¡Esta es una residencia de señoritas, Laura! ¡Los hombres no pueden acercarse aquí!- dijo poniendo los mismos ojos de loca y a la defensiva que pone mi mamá cuando he querido contarle las cosas horribles que me hizo mi hermanastra.
No insistí. Total, María que velara por lo suyo. Yo ya tenía bastantes problemas. El ratito en el bar se me hizo microscópico, y, casi llorando, me despedí de mis amigos y volví a la residencia. Otra noche entre sábanas podridas. Al día siguiente, me vestí de prisa y salí para el parqueo.
-¿Dónde se supone que vas? - me preguntó otra encargada, la más "celadora" de todas.
- A clase.
-¿Sin desayunar?
-Si, no me va a dar tiempo todos estos días. Ni de almorzar. Creo que mejor no me apunta para comer.
-Pudiste haberme avisado, ya te tenía contada. La verdad, me suena raro eso de que no comás acá. Además, tu papá ya había pagado por eso.
-Pues sí, pero yo le explicaré. Hasta la noche.
-¿Noche?
Cerré la puerta sin contestar. Conduje desaforada hasta la casa, donde me gasté (en serio) un jabón completo desinfectándome, me puse ropa limpia y me fui a clase. Luego, en la tarde, volví a casa. Sentí la muerte al cuadrado cuando se hicieron las ocho y tuve que volver allá, al olor a podrido, a la cama sucia, a las extranjeras "come eses" al hablar que me miraban de reojo.
Fue uno de los períodos más extraños y claustrofóbicos de mi vida. Me alimenté casi exclusivamente de galletas y café porque era lo único que lograba tragar. Ese olor espantoso no salía de mi nariz. No teníamos derecho a oír radio, ni leer revistas. La televisión estaba en una especie de armario y cerrada con candado, sólo la usaban para ver videos del Papa. Las llamadas telefónicas eran vigiladas por una encargada. Era como haber caído en una secta. Te sentías vigilada hasta cuando ibas al baño. Sin embargo, puedo decir que libros como El Código Da Vinci mienten bastante. Nadie usa hábitos acá, no hay monjes ni nadie se flagela la carne hasta salpicar de sangre las paredes. Que yo sepa, asesinatos no han cometido. (Se cagan en la vida de la gente, pero no se las quitan, solo se las dejan toda estropeada). No vi esa peli pero sí sé que hablan de esto.
El día que por fin me fui, un domingo, tomé las pocas cosas que aún tenía ahí, me despedí de Gabi, la única costarricense residente y la única que había sido amable conmigo (le dejé de regalo una Cosmopolitan que había logrado meter de contrabando), alcé mi mochila y corrí hacia la puerta.
-¿A dónde se supone que vas?- (¡ay, no, ahí estaba de nuevo la peor de las encargadas!)
-Ya me voy, Marta...em...gracias por todo. Despídame de Adamari.
-Espero que al menos nos visités algún día.
-Claro, hasta lue..
-Y POR LO MENOS, niña, pase a la capilla a visitar al Santísimo...usted no lo hace nunca. Como dice el Señor: "Luego no te quejes".
- No, Marta, ya no me quejo. ¿Dónde diablos está la capilla?
Pasé y me quedé un rato, sin saber cómo se hace "una visita al Santísimo". Luego, en el colmo de la alegría y el susto a la vez, y en una escena igualita al final de "Expreso de Medianoche", caminé rápido hacia la puerta y giré la perilla. El día me pareció más luminoso y más limpio que nunca. Cerré y seguí caminando, cada vez más rápido, cada vez más feliz. Terminé casi corriendo, sin mirar nunca para atrás. No me fui en seguida al parqueo. Caminé disfrutando la mañana, el aire limpio, el barrio, la libertad. Ubicándome de nuevo en una realidad que, si bien nunca ha sido muy gentil conmigo, al menos puedo abrirle un lugar para mis revistas, la gente que quiero, mis sueños, mi música...
¡Ah!, y esta vez sí le conté TODO a mis papis.